Aquí debajo está el cuento entero: todas las escenas y los 6 finales posibles con su moraleja. Está para que puedas leerlo antes de leérselo a tu peque. Si prefieres descubrirlo con él, no lo abras.
Esther sabía que quedarse en casa de brazos cruzados no serviría de nada, así que decidió salir a investigar. Su primera parada fue el parque de al lado de casa. Aunque se hubieran llevado a Mayo… ¡seguro que antes tendría que hacer pis!
Miró por tooodo el parque y no lo encontró. Pero sí se encontró con un vecino que también tenía una perrita. Le preguntó.
—Pues sí que he visto a Mayo, lo vi a lo lejos. Iba calle abajo acompañado de alguien, aunque no me fijé bien con quién iba porque estaban lejos… ¿No sería papá o mamá?
—No puede ser, porque papá y mamá están de viaje —respondió Esther.
La abuela, que estaba cerca y acompañaba a Esther, estaba muy callada y de vez en cuando miraba su reloj.
Esther ahora sabía que Mayo había salido de casa acompañado por alguien misterioso. Y aunque era un avance, tenía que decidir su siguiente paso.
¿Investigo calle abajo para buscar a Mayo o mejor pregunto a más gente del parque?
- Investigar calle abajo
- Preguntar a más gente del parque
Esther caminaba veloz junto a su abuela. Fueron calle abajo, tal y como les había dicho el vecino, pero lo único que encontraban eran niños jugando en la calle y sus padres sentados en los bancos.
A medida que avanzaban por la larga calle no encontraban nada, y empezó a anochecer…
—Esther, querida, tenemos que volver a casa, que se está haciendo de noche —dijo la abuela mientras miraba el reloj.
—¡No es justo! No podemos abandonar a Mayo… —respondió una triste Esther.
Era cierto que Esther estaba agotada del día y de la búsqueda. Además, no tenía muchas pistas que seguir. Miró a su abuela, que no parecía tan preocupada como ella, y pensó qué debía hacer.
¿Le pregunto a la abuela qué haría ella o continúo calle abajo?
- Preguntarle a la abuela
- Continuar calle abajo
Esther no tenía pistas suficientes aún para perseguir al sospechoso, por lo que decidió preguntar a mucha gente para juntar todas las piezas. Eso es lo que hacían en su libro de detectives.
Así que, sin vergüenza ninguna, se puso a preguntar a media calle. Primero a la señora de la frutería, que estaba colocando las manzanas.
—¿Mayo? Sí, sí, ha pasado por aquí. No le vi bien, pero creo que iba con un hombre.
Después a un señor de larga barba blanca que paseaba tranquilamente.
—Yo lo he visto, sí. El hombre llevaba una camisa roja oscura, me acuerdo bien.
Y por último a dos niños que jugaban con una pelota.
—¡Ese perro se puso a ladrarnos! ¡Qué susto! El señor que lo paseaba iba con una mochila de viaje muy chula.
A cada nueva pista, Esther lo apuntaba en su libreta:
✓ Un hombre ✓ Vestido con una camisa roja ✓ Llevaba una mochila de viaje
Un momento… Entonces dejó de escribir. Se quedó muy callada, mirando su libreta. Porque esa descripción… esa descripción le sonaba muchísimo.
La abuela, a su lado, no dijo ni una palabra; tan solo miraba su reloj.
¿Llamo a papá o busco yo sola a ese hombre?
- Llamar a papá
- Buscar ella sola al hombre
Esther pensó que un buen detective nunca sale corriendo antes de mirar en el escenario del crimen… En este caso, su propia casa.
Así que empezó la búsqueda de manera minuciosa. Miró en su habitación debajo de su cama, también en el salón tras las cortinas (donde encontró una pelota mordida). Incluso se asomó a la bañera, por si a Mayo le había dado por darse un baño…
—Abuela, ¿tú has visto a Mayo? —preguntó.
—Yo ya no veo bien, cariño —dijo la abuela, y se ajustó las gafas.
Y entonces, de repente, a Esther se le encendió una bombilla en la cabeza. ¡No había revisado la entrada de la casa! Corrió hasta el perchero de la puerta y miró hacia arriba… ¡La correa de Mayo no estaba!
Esther sacó su libreta y escribió nerviosa pero con mucho cuidado: «Falta la correa. Si falta la correa, alguien se lo ha llevado a propósito».
Entonces era cierto: alguien había raptado a Mayo.
Con esa pista tan importante, Esther tenía que decidir qué hacer.
¿Bajamos a la calle a buscarle o sigo buscando más pistas por casa?
- Bajar a la calle
- Seguir buscando por casa
Con la correa apuntada en su libreta, Esther bajó las escaleras de dos en dos. Su abuela iba detrás, sujetándose al pasamanos.
—¡Más despacio, detective! —le decía.
La primera parada fue el parque de al lado de casa. Aunque se hubieran llevado a Mayo… ¡seguro que antes tendría que hacer pis!
Miró por tooodo el parque y no lo encontró. Pero sí se encontró con un vecino que también tenía una perrita. Le preguntó.
—Pues sí que he visto a Mayo. Lo vi a lo lejos, iba calle abajo acompañado de alguien. Aunque no me fijé bien con quién iba, porque estaban lejos… ¿No sería papá o mamá?
—¡EUREKA! —gritó Esther tan fuerte que la perrita del vecino dio un salto—. ¡Lo sabía! ¡Sabía que había salido de casa con alguien! ¡Por eso faltaba la correa!
Y lo apuntó en su libreta, muy orgullosa. El vecino se quedó un poco sorprendido y la abuela se rio bajito, mirando su reloj.
—No puede ser papá ni mamá —añadió Esther—, porque están de viaje.
Ahora Esther tenía dos pistas y tenía que decidir su siguiente paso.
¿Investigo calle abajo para buscar a Mayo o mejor pregunto a más gente del parque?
- Investigar calle abajo
- Preguntar a más gente del parque
Esther decidió que todavía era pronto para abandonar la escena del crimen. Estaba segura de que aún quedaban pistas en casa.
Volvió al recibidor y se puso a mirarlo todo despacito. El paragüero, el espejo, los abrigos… Y entonces bajó la mirada al suelo, justo donde su padre dejaba siempre sus zapatos.
—¡Abuela! ¡Abuela, ven corriendo!
—¿Qué pasa, cariño?
—¡También han robado los zapatos de papá!
Esther abrió su libreta y escribió con letras muy grandes: «ROBO DOBLE. Se han llevado a Mayo y los zapatos de papá». La situación era más grave de lo que se imaginaba.
—Pero abuela… ¿quién roba un perro y unos zapatos? —preguntó, rascándose la cabeza.
La abuela se sentó en una silla, muy tranquila, y dijo:
—Pues es un misterio, sí señor… Tienes trabajo de detective por delante.
Esther sabía que su abuela estaba en lo cierto.
¿Qué debería hacer ahora?
¿Entro en la habitación de mis padres o me siento a esperar al ladrón?
- Entrar en la habitación de mis padres
- Sentarme a esperar al ladrón
¡Resuelto con la ayuda de la abuela!
Esther se paró en mitad de la calle, cerró su libreta y miró a su abuela.
—Abuela… Tú que sabes mucho. ¿Qué harías tú?
La abuela se limitó a mirar su reloj y dijo:
—Yo creo que a las siete estaremos mucho mejor en casa.
Y la abuela sonrió, pero no sonrió como sonríen las abuelas cuando quieren consolarte. Sonrió de otra manera, como quien sabe algo y no lo dice en voz alta.
Esther se quedó mirándola, pensativa. ¡Creo que he descubierto algo! Sacó su libreta y apuntó: Su abuela llevaba toda la tarde mirando el reloj. Su abuela no estaba preocupada. Su abuela no había ayudado a buscar ni una sola vez… Un momento…
Esther no dijo nada. Cerró la libreta, se dio la vuelta y echó a andar hacia casa muy deprisa. Detrás iba su abuela, riéndose.
Cuando abrió la puerta, Mayo se le echó encima a lametones. Y detrás de Mayo, con las zapatillas de andar por casa puestas, estaba su papá, que había vuelto antes del viaje para darle una sorpresa.
Esther abrazó a Mayo muy fuerte. Después se dio la vuelta y miró a su abuela. Y la abuela le guiñó un ojo.
—Y antes de que lo deduzcas tú, detective: mamá llega mañana, a la hora prevista.
Moraleja: ¡Lo sabía! Al final, con un poco de ayuda, Esther ha descubierto el misterio.
Abrir este final¡La próxima vez, llega antes!
Esther decidió que no pensaba rendirse. Terminaron la calle grande y siguieron por otra. Y por otra. Cruzaron una plaza, y luego otra plaza más.
—¡Mayo! ¡Mayooo!
Pero no había ni rastro de Mayo. Solo farolas encendiéndose una detrás de otra.
Y entonces se hizo de noche de verdad. Además empezó a hacer frío, de ese frío que se te mete por las mangas.
—Abuela… —dijo Esther con un hilo de voz—. ¿Y si Mayo tiene frío?
La abuela se agachó lentamente hasta ponerse a su altura, le subió la cremallera del abrigo hasta arriba y la abrazó muy fuerte, de esos abrazos que duran un rato largo.
—Mayo es un perro muy listo —dijo—. Y los perros listos saben bien dónde cobijarse. Ahora volvamos a casa, que ya hemos corrido bastante por hoy.
Y volvieron despacio, cogidas de la mano, sin correr ni buscar en cada esquina. Esther arrastraba los pies y llevaba la libreta llena de pistas que no habían servido para nada…
Su abuela abrió la puerta… y de repente algo peludo salió disparado y la tiró al suelo a lametones. ¡Era Mayo! ¡Mayo estaba en casa!
Y detrás de Mayo, riéndose, estaba su papá, que había vuelto antes del viaje para darle una sorpresa.
—Ay, hija… —dijo su padre abrazándola muy fuerte—. Que me quería dar el gustazo de la sorpresa y te he tenido media tarde en la calle.
—¡Es que te he buscado por todas partes! —dijo Esther, todavía con el abrigo puesto—. Por la calle grande, y por la plaza, y por la otra plaza…
—Y yo estaba a dos manzanas de casa, dando una vuelta con Mayo —dijo su padre—. A veces buscamos tan lejos que se nos olvida mirar cerca.
—Y antes de que lo deduzcas tú, detective: mamá llega mañana, a la hora prevista.
Moraleja: El misterio se ha resuelto solo. ¡La próxima vez llegas tú antes!
Abrir este final¡Ni un ladrido se te escapa!
Esther miró su libreta otra vez y repitió los hechos: Un hombre con camisa roja oscura que lleva una bolsa de viaje.
—Abuela… ¿me dejas tu teléfono?
Y lo llamó.
—¡Hola, campeona! ¿Qué tal el cole hoy? —respondió su padre al otro lado.
—Bien, papá. Oye, ¿dónde estás?
—Pues aquí, en la estación de tren, ya sabes, con el viaje…
Y entonces, justo entonces, Esther oyó aquello que confirmó sus sospechas. De fondo sonó un ladrido muy familiar… Esther conocía ese ladrido mejor que su propio nombre.
Se quedó muy quieta. Miró a su abuela, y ambas se sonrieron mutuamente, como quien está a punto de decir algo de lo que se siente muy orgullosa.
—Papá… —dijo Esther muy despacio—. ¿Por qué está Mayo en la estación de tren?
Al otro lado del teléfono hubo un silencio muy largo. Muy, muy largo.
—¡Qué gran detective eres, hija! Contigo no hay secreto que se te escape. Terminé antes y cambié el billete sin decir nada. Quería darte una sorpresa.
—¡Pues vaya sorpresa! ¡Llevo toda la tarde buscándote!
—Ven ya para casa, que vamos a cenar. Y antes de que lo deduzcas tú, detective: mamá llega mañana, a la hora prevista.
Y Esther colgó, orgullosa de haber resuelto el misterio ella solita.
Moraleja: ¡Ha descubierto ella sola el misterio!
Abrir este final¡Lo tenías delante de las narices!
Esther cerró la libreta de golpe, con gran determinación. Ella era detective, y los detectives resuelven los casos solos, sin pedir ayuda a nadie.
—¡Vamos, abuela! ¡Tenemos que encontrar al hombre de la camisa roja!
Y la abuela echó a andar con ella, no sin antes sonreír a sabiendas de que Esther no la miraba. Echaron a andar calle abajo mirando a todas partes, cuando de repente… Al final de una calle le pareció ver una camisa roja oscura doblando la esquina. ¡Era él! ¡Era él!
—¡Corre, abuela, corre!
Pero cuando llegaron al cruce, ya no había nadie. Solo un semáforo en rojo y un montón de gente que volvía a su casa…
Esther se quedó mirando el semáforo sin decir nada. Ya no le quedaban ganas de buscar.
—Se me ha escapado, abuela. Y encima ni siquiera sé si era él.
La abuela se agachó lentamente hasta ponerse a su altura y después dijo:
—¿Sabes lo que hacen los detectives de verdad cuando se les escapa alguien?
—¿Qué?
—Se van a casa a cenar y descansar. De manera que al día siguiente puedan volver a mirar las pistas con energía.
Esther sabía que su abuela tenía razón. Y así, cansadas, volvieron a casa.
Abrió la puerta muy triste… y se quedó de piedra.
Allí, sentado en el sofá de su casa, con una camisa roja oscura y una bolsa de viaje en el suelo, había un hombre que conocía bien. Y con él, tumbado tan a gusto, estaba Mayo.
—¡PAPÁ!
Su padre había vuelto antes del viaje para darle una sorpresa, y llevaba toda la tarde paseando a Mayo por el barrio con su camisa roja.
—Perdona, hija, que la sorpresa se me ha hecho un poco larga —dijo riéndose—. ¿De verdad has estado buscándome por ahí fuera?
Esther se pasó un buen rato mirando su libreta, sin poder creerse que había estado persiguiendo a su propio padre por medio barrio.
—Es que vi una camisa roja doblando la esquina y pensé que eras tú.
—¿Y era yo?
—…No.
—Pues eso pasa mucho —dijo su padre—. Cuando tienes muchas ganas de encontrar algo, lo ves hasta donde no está. Y antes de que lo deduzcas tú, detective: mamá llega mañana, a la hora prevista.
Moraleja: El misterio se ha resuelto solo. ¡Estabas cerca!
Abrir este final¡Lo has descubierto tú sola!
Esther cayó en la cuenta de que aún no había entrado en la habitación de sus padres. No lo había hecho porque entrar ahí sin permiso no estaba muy bien… pero merecía la pena si encontraba la pista definitiva.
Abrió la puerta despacito y miró dentro. Y allí, en el suelo, estaba la mochila de viaje de su padre. Esther se quedó parada en la puerta. Sacó su libreta y leyó sus pistas en voz alta, una por una:
—Falta la correa de Mayo… faltan los zapatos de papá… y la mochila de viaje está aquí, abierta, en el suelo…
Y de repente lo entendió todo de golpe, como cuando encajas la última pieza de un puzle.
—¡ABUELA! ¡No han robado a Mayo! ¡Se lo ha llevado papá! ¡Papá ha vuelto antes del viaje y se lo ha llevado de paseo!
Su abuela apareció en el pasillo aplaudiendo, muy orgullosa de su nieta.
Esther bajó las escaleras corriendo, salió a la calle… y allí venían los dos, tan tranquilos, papá con sus zapatos y Mayo tirando de la correa.
—¿Cómo lo has sabido? —dijo su padre alucinado—. ¿Te lo ha dicho la abuela?
—No, no —dijo la abuela desde la puerta—. Ella sola ha descubierto el misterio. Es toda una detective.
—Pues no te he podido engañar ni un poquito —dijo su padre riéndose—. Terminé antes y cambié el billete sin decir nada. Quería darte una sorpresa. Y antes de que lo deduzcas tú, detective: mamá llega mañana, a la hora prevista.
Moraleja: ¡Ha descubierto ella sola el misterio!
Abrir este finalEsta vez Esther no resolvió el caso
Esther pensó que si el ladrón se había llevado a Mayo y los zapatos… seguro que volvería a por más cosas. Así que hizo lo que hacen los detectives de verdad: montar guardia.
Se sentó en el sofá, justo enfrente de la puerta. Se cruzó de brazos. Puso su cara más seria. Y esperó.
Y esperó.
Y esperó…
Pero es que había sido un día muy largo. Matemáticas, Lengua, Educación Física, jugar con Virgi, Patri y Sara, buscar debajo de las camas, buscar detrás del sofá, buscar en la bañera… A Esther se le cerró un ojo y con él vino el otro. Y así se quedó profundamente dormida con la libreta en la mano.
Y mientras dormía, sin que ella lo supiera, pasaron algunas cosas.
Alguien abrió la puerta muy despacio, con mucho cuidado de que no sonara. Alguien le dijo a Mayo, en voz bajita, que no ladrara todavía. Y alguien más entró en el salón con una manta, se la puso por encima con mucho cuidado, le quitó la libreta de la mano y la dejó abierta encima de la mesa, por si Esther quería seguir apuntando cuando se despertara.
Y a Esther, dormida, se le escapó una sonrisa.
De repente, algo áspero y mojado le pasó por toda la cara. Esther abrió los ojos de golpe. ¡Era Mayo! ¡Mayo estaba encima de ella dándole lametones! Y desde la cocina se oía a alguien silbando una canción que conocía muy bien.
—¡Papá!
Su padre asomó la cabeza desde la cocina como si nada, como si llevara allí toda la vida.
—¡Anda, la detective! ¿Has dormido bien? Y antes de que lo deduzcas tú, detective: mamá llega mañana, a la hora prevista.
Esther miró a Mayo. Miró a su padre. Miró la manta que tenía por encima, y su libreta abierta encima de la mesa. Y luego miró a su abuela, que estaba poniendo la cena en la mesa tan tranquila, como si aquello fuera el día más normal del mundo.
—Pero… ¿quién se llevó a Mayo? —preguntó.
—Ay, hija —dijo la abuela sin levantar la vista de los platos—. Eso tendrás que averiguarlo tú… Las pistas ya las tienes.
Y esa noche Esther cenó con Mayo debajo de la silla esperando las migas, como siempre. Pero antes de irse a la cama cogió su libreta, la abrió por la última página y escribió, con letras muy grandes:
CASO SIN RESOLVER
Moraleja: El misterio se ha resuelto sin ti… ¡pero tú sí que lo sabes! ¿Y tú qué opinas: quién se llevó a Mayo?
Abrir este final